Al otro lado de la puerta todo era diferente, el eco cortaba con el filo de un cuchillo se respiraba el frío como un veneno fantasmal, apenas un pie dentro y deseabas desaparecer, se sentían marchitar los ojos de la angustiosa imagen de una madre despidiendo a su hijo, murmullos, melancolías que extrañaban esa vida que nunca podrían tener y tatuándose eternamente en su recuerdo sus sonrisas y juegos, tras de mí flores y coronas ahogadas por la lluvia y abandonados por los dolientes. No hubo más que desaparecer, suprimir su actitud de verdugo, permanecer lejos hasta que la lluvia cese, hasta que la mujer se agote de llorar y pueda soportar el recuerdo de ese desordenado final.
Paulina
(Taller de narrativa U.M.)
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