Daba vueltas por todo el lugar, tenía que moverse para no sentir la angustia y la sensación inmensa de cúmulo de preocupaciones, sensaciones y angustias que lograban somatizarse y reflejar en su cuerpo como zanjas de carne y sangre, el dolor de su alma. El espacio era sobre todo muy pequeño y no podía disponer de su libre albedrio y no lo haría ya más, esta sentencia era difícil de aceptar. Recordaba a su madre y se decía que no era posible no poderle decir que lo sentía enormemente, recordaba todo lo que había hecho, una y otra vez recorría su memoria, como carrera de circuito iba su mente recorriendo cada uno de los recónditos espacios que había olvidado. El dolor seguía ahí y sentía que no tenía ninguna intención de irse. El malestar crecía y su cuerpo su cuerpo pudo sentir por primera vez cada una de las partes que lo conformaban, desde las uñas de los pies pasando por las articulaciones, la piel, extremidades, tronco, cuello, cabeza, inclusive muy a pesar de que su mente lo rechazó podía sentir como todo el cuerpo y hasta sus órganos internos se llenaban de dolor y angustia. Su caminar devino frenético, estaba cansado pero no pudo parar, continuó, el lugar no le permitía detenerse. De repente, el cuerpo dejó de moverse, la imagen de una mujer se ancló en su mente, de repente esa imagen se convirtió en niño, lo vio jugar con la alegría que sólo los niños pueden experimentar, lo vio fuera de la casa que solo reconocía en sus recuerdos, la casa de sus padres ya no existía, su cuerpo se dobló abruptamente y cayó sentado en la litera de abajo su cabeza cayó viendo hacia el suelo, su espalda se había arqueado hacia adelante, ya no tenía más voluntad, reconoció en aquel niño la voluntad de vivir, se reconoció a si mismo en un momento de esperanza, quería llorar y poder salir corriendo para expresarles su nueva manera de ver, al fijar su mirada en el suelo vio las agujetas de sus zapatos y se reconoció encerrado, todo aquellos sentimientos y angustias que lo habían hecho caer sentado lo ayudaron a levantarse, los sentimientos lo invadieron y sintió de nuevo fuerza y valor, volvió a ver las agujetas y finalmente fueron ellas quienes le ayudaron a salir.
Gonzalo Avilés
Taller de la U.M.




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